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Starchild proyect... Part 1

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Mensaje por GrAy_FoX el Sáb 22 Ene 2011, 1:14 pm

Un mito tarahumara: los niños de las estrellas
Los “rarámuri” (hijos del Sol, también llamados pies ligeros) o tarahumaras ocupan una extensión de montañas y barrancas de la Sierra Madre Occidental que abarca unos 60.000 Km. cuadrados que comprenden 23 municipios en el Estado de Chihuahua (México), desde hace poco más de 1.000 años. Generalmente, los *****pólogos han dividido a los grupos tarahumaras en dos zonas principales: La Alta y la Baja Tarahumara, llamadas también “La Sierra” y “Las Barrancas”. La primera es boscosa de climas fríos; la segunda está en barrancas donde el clima es cálido. Desde su llegada de territorios situados más al norte, sobrevivieron básicamente gracias a la recolección de frutas silvestres y la cacería y a mucha menor escala de una muy rudimentaria agricultura. Solo el tiempo y la experiencia en el contacto con otras tribus les permitieron desarrollar el cultivo del maíz convirtiéndolo en el elemento más importante de su dieta.

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A la llegada de los españoles presentaron una feroz resistencia, protagonizando una de las más grandes rebeliones de Nueva España al oponerse de manera radical a la rígida disciplina de las misiones y a los trabajos forzados en los numerosos centros mineros que los españoles localizaron en tan ricas tierras. En la Sierra Tarahumara y regiones adyacentes hubo revueltas indígenas a lo largo de todo el siglo XVII y buena parte del XVIII involucrando a numerosas etnias muchas de ellas ya desaparecidas. De 1.616 a 1.619 se sublevan los tepehuanes. En el año 1.632 es el turno de guazapares y uarijíos. En 1.644 se produce la llamada rebelión de las siete naciones. En 1.645 se lanzan a la rebelión los conchos. De 1.652 a 1.660 se alzan tobosos, cocoyomes, ocomes, gavilanes y cabezas. Entre 1.680 y 1.698 se producen las primeras incursiones de los apaches. En 1.690 janos, yumas y chinarras se enfrentan a los conquistadores españoles. Los tobosos vuelven otra vez a la violencia en 1.677 y en 1.720, mientras que los apaches mantienen sus incursiones en una amplia franja del estado desde 1.748 a 1.896. La primera rebelión propiamente tarahumara se desató en 1.646 y duró hasta 1.653. Otros alzamientos se produjeron de 1.684 a 1.690, en 1.694, y de 1.696 a 1.698. Los misioneros jesuitas se valieron de varias técnicas o procedimientos específicos por medio de los que intentaron imponer la religión católica y las formas de pensar y actuar occidentales. A través de las misiones trataron de concentrar a los indios, que vivían dispersos y libres, en pueblos donde se les bautizaba y se les inculcaba la doctrina cristiana y los nuevos valores como el matrimonio monogámico, la agricultura, el canto y la danza.
Durante los casi 150 años que compartieron con los misioneros jesuitas, los tarahumaras o rarámuri adoptaron la religión y las costumbres cristianas, si bien lograron mantener una mezcla de creencias entre su antigua religión y la impuesta por los conquistadores. Para ellos el mundo fue creado por Rayénari (el Dios Sol) y Metzaka (la Diosa Luna), y hasta el mismo día de hoy en honor de estas dos deidades los tarahumaras bailan, sacrifican animales y beben “tejuino o tesgüino” (maíz fermentado). Sin embargo, producto de la fusión de culturas, el Dios principal o el Dios Padre es Onorúame, una mezcla de Jesucristo y Rayénari, una deidad que ni es “buena ni mala”, que ni es hombre ni mujer, ni tampoco tiene rostro, solo es el creador y el origen de todo.
En una sociedad donde los sukurúame (chamanes) y los owiruame (sanadores) juegan un papel muy importante, multitud de mitos y leyendas conforman las tradiciones de tan singular cultura. Dentro de estos mitos, que curiosamente comparten con otros pueblos o etnias, no ya solo de la misma área geográfica sino de otros puntos de América e incluso del resto del mundo, cabe destacar el que hace referencia a “los niños de las estrellas”. En este mito, unos “espíritus” bajan de las estrellas y dejan embarazadas a algunas mujeres que viven en los lugares más apartados y escondidos de las comunidades indígenas. Pasados unos años estos mismos seres o “espíritus” regresan en búsqueda de los niños engendrados, llevándoselos consigo de nuevo a las estrellas.

¿Se puede considerar este mito tarahumara de “los niños de las estrellas” como el típico relato tradicional de un acontecimiento prodigioso protagonizado por seres sobrenaturales o extraordinarios al cual no hay que darle valor fidedigno alguno?
El hallazgo
En el año 1.930 en una de las numerosas cuevas, minas abandonadas u hoyos de las cañadas de las Barrancas del Cobre, área tradicional de los tarahumaras, una niña de 15

años procedente de los Estados Unidos pero de ascendencia mexicana que visitaba a su familia asentada en aquellos parajes, tras ser advertida de lo peligroso de estos lugares, no se sabe bien si por la rebeldía propia de la edad o para refugiarse de una tormenta, se adentró en el interior de una de estas galerías, dónde ante su sorpresa pudo distinguir medio enterrados los restos de dos esqueletos. Uno de mayor tamaño parecía

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ABRAZAR AL más pequeño, del que inicialmente apenas se distinguían las formas, excepto uno de sus brazos que sobresalía de entre las piedras. La muchacha decidió llevarse ambos esqueletos a su casa y procedió a su traslado, si bien pensó posteriormente que dichos restos óseos no serían bien recibidos por sus padres y menos aún por los familiares que les hospedaban, por lo que improvisó rápidamente un lugar donde depositarlos hasta que pudiera recuperarlos definitivamente y guardarlos en su hogar. Lamentablemente el lugar elegido para ocultar los esqueletos quedó muy pronto a la intemperie, quedando expuestos a la dura climatología de la zona. Producto de todo ello sólo pudo recuperar con el paso del tiempo ya en edad adulta, dos cráneos y un maxilar que logró guardar hasta su fallecimiento a mediados de los años 90. Nunca se llegó a conocer con certeza la ubicación exacta de la mina o gruta y ni tan siquiera el nombre de la mujer que durante tantos años custodió tan macabro descubrimiento.
¿Qué fue lo que le llamó tanto la atención a esta mujer para velar durante todos esos años los cráneos?

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Después de tener los cráneos en una caja de cartón durante algún tiempo un amigo de la fallecida y no sabiendo muy bien que hacer con ellos, el destino quiso que los cráneos pasaran a manos de un matrimonio coleccionista de objetos curiosos y aficionados a la fenomenología OVNI de la ciudad estadounidense de El Paso. Este matrimonio, que sólo tenía las escasas referencias anteriormente mencionadas, estaba fascinado con la apariencia extraña de uno de los dos cráneos. En busca de respuestas que despejasen las incógnitas que les planteaba semejante objeto, decidieron ponerlo a disposición de dos investigadores, los norteamericanos Lloyd Pye y Mark Bean, quienes inicialmente con la colaboración de empresas especializadas en genética como Trace Genetics CA USA y el Instituto Royal Holloway de Londres, junto al apoyo de varios especialista en química, neurociencia y cráneo-fisiología llegaron a determinar que existía una probabilidad cercana al 90% que el extraño cráneo sería de un ser híbrido de madre humana y padre de una raza no conocida. Pero, ¿qué tenía de especial el cráneo para llegar a esa sorprendente conclusión?

Descripción de los dos cráneos
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El primero de los cráneos es aparentemente normal y perteneció a una mujer joven, de una edad de entre 20 y 30 años, en cambio, el otro cráneo se le atribuyó a un niño de entre cinco y siete años. A primera vista muestra una serie de alteraciones que no parecen propias de un ser humano. Su morfología es extremadamente extraña, llamando rápidamente la atención el abultamiento a cada lado de los ojos y su parte posterior alargada y aplastada. Además, las cuencas oculares son excesivamente superficiales, de lo que se deduce una falta total de movilidad en los ojos de la criatura. No menos sorprendente resulta observar el denominado foramen magnum, el agujero que se encuentra en la base del cráneo y que lo une a la columna vertical, que se encuentra muy adelantado, casi en el centro de la base. Las pruebas de carbono 14 y ADN, realizadas por el Dr. David Sweet de la University of British Columbia de Vancouver (Canadá), dieron como resultado una antigüedad de 900 años para ambos cráneos.
El mayor de los cráneos, por su tamaño y los puntos de reducción de referencia anatómica, ha sido asociado a una mujer joven (estudio dental) y muestra en su parte posterior un ligero aplastamiento, seguramente producto de la presión ejercida sobre su cabeza durante la infancia por los típicos soportes conocidos como “cradleboard”, utensilio utilizado por la mayoría de las nativas de América para cargar a sus espaldas a los niños mientras realizaban sus obligaciones domesticas o sus tareas en el campo. Diseñados para satisfacer las necesidades de un bebé, les protegía del frío, del calor y de la lluvia, facilitándoles la vida nómada que la mayoría de los indios tenía. La base principal era una tabla de madera, donde la madre trabajadora ataba la cabeza del niño, evitando de esa manera que el débil cuello del bebé sufriera los continuos latigazos propios del quehacer diario de la madre. El efecto “secundario” es que el hueso blando del bebé terminaba por ajustarse a la forma de la tabla y quedaba totalmente plano en la parte donde tocaba el respaldo durante mucho tiempo, fijado siempre en el mismo lugar. Por lo demás, el cráneo de la mujer no presenta ningún tipo de anomalía, habiendo sido clasificados sus estudios genéticos dentro del grupo “Haplogrupo C” de los Nativos Americanos, al que los tarahumaras pertenecen.
Es el segundo de los cráneos, el más pequeño y bautizado con el nombre de “Starchild”, el que ha despertado un enorme interés científico gracias sobre todo al esfuerzo del investigador Lloyd Pye, que en torno al proyecto creado por él, “Starchild Project”, ha aglutinado a gran número de científicos e investigadores de todo el mundo, con el único objetivo de dar respuesta a éste increíble misterio.
Las anomalías físicas que presenta el cráneo “Starchild”, son muy numerosas y lo hacen totalmente diferente a la de cualquier otro cráneo en el mundo. Para empezar, el espesor de los diferentes huesos que conforman el cráneo así como su peso es la mitad de la que debería ser. Por el contrario, la dureza de los huesos es hasta tres veces superior, dado que su composición química es más parecida al esmalte de los dientes que al hueso humano normal, apreciándose niveles de colágeno muy superiores. Las denominadas fibras duras, son de alguna manera inexplicablemente incorporadas a la matriz del hueso, siendo éstas desconocidas completamente incluso en otras especies de mamíferos. Del mismo modo también es totalmente desconocida la presencia de un residuo de color rojo, que se encuentra en el interior de los agujeros esponjosos.
Dejando a un lado la increíble composición de los huesos, no deja también de llamar poderosamente la atención las inusuales formas del cráneo. Por ejemplo, Las órbitas de las cuencas de sus ojos no se corresponden a la de un ser humano normal. Carece por completo de los senos frontales o del menor signo de pozos (lacunae) normalmente diseminados por toda la superficie craneal, y sucede lo mismo con el arco superciliar, característica inequívoca de los humanos y de todos los primates superiores. También carece de inión (punto más prominente de la parte posterior de la cabeza en el hueso occipital), que se encuentra de igual modo en todos los primates del mundo. Por el contrario, destaca un pliegue a lo largo de la sutura sagital y un enorme tamaño del oído interno impropio en cualquier humano.
Estructuralmente, el “starchild” tampoco deja de deparar sorpresas. La apertura del foramen mágnum (orificio ovalado situado en la parte inferior del hueso occipital que mide aproximadamente unos 35 mm de delante a atrás y 30 mm en sentido transversal. Pone en comunicación la cavidad craneal con el conducto raquídeo y da paso al bulbo, a las arterias vertebrales y a cada lado al nervio espinal), se desplaza excesivamente hacia delante si lo comparamos con los seres humanos normales, por lo que su punto de equilibrio está centrado sobre su masa física, mientras que en lo seres humanos está fuera del centro. El estudio del área craneal donde se alojaba el cerebro determina que era un tercio más grande y pesado de lo que debería ser para su tamaño. No menos raro es el observar la presencia en el maxilar tanto de dientes impactados como de dientes maduros, algo del todo anormal en los seres humanos. Su paladar excesivamente pequeño no es arqueado, sino completamente plano.

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